Sobre Dios y dioses

Sobre Dios y dioses

Una de las características de Swami Dayananda era poner humor en sus narraciones, aún cuando el trasfondo es de profunda enseñanza. Aquí nos comparte una conversación que tuvo un día en un tren sobre la concepción de dios.
 

(...) entiendan que no es que exista un Dios. Lo que existe es sólo Dios y por eso, si alguien lo invoca como Alá, está bien, y si alguien lo invoca como Jesús también está bien. Los hindúes no tenemos problemas con eso. Si alguien no puede aceptar que exista gente que invoque a Dios a través de nombres o formas diferentes, eso es problema suyo. Para nosotros no es un problema porque no tenemos muchos dioses, ni siquiera tenemos un Dios, sólo tenemos a Dios.

 

Hay gente que piensa que Dios debe ser invocado solamente a través de cierto nombre y con cierta forma. Yo en una ocasión viajaba en tren e iba sentado al lado de la ventana, y cerca de la otra ventana, en el asiento opuesto al mío, iba sentado cierto señor. Este leía en silencio un libro mientras que un tercer pasajero lo observaba. Este último, después de observarlo durante largo rato, le preguntó lo siguiente:

 

―¿Qué es lo que está leyendo?

―Estoy leyendo la Gītā, le respondió el otro.

―¿Qué es la Gītā?

―Es una escritura Hindú.

―¿Quién ofreció esta escritura?

―El Señor Kṛṣṇa

―¡Ah! ¿Es Kṛṣṇa Dios?

―Sí, Kṛṣṇa es Dios.

―¿Y entonces Rāma?

―Rāma también es Dios.

―¿Y que tal Nārāyaṇa?

―El también es Dios.

―¿Y Gaṇeśa?

―El también es Dios.

―¿Cuántos Dioses tiene? ¿No se está confundiendo?

―No estoy confundido. En el altar donde hago mi puja (oración) diaria tengo las imágenes de todas las deidades y a todas les ofrezco arati para que estén contentas. No tengo confusión alguna.

       ―¿Cómo es posible que no esté confundido? Debe estarlo con tantos dioses― insistió el hombre y para probárselo empezó a narrarle una historia. Mientras lo hacía, de vez en cuando me miraba para asegurarse que también yo le escuchaba. Su narración fué más o menos así:

 

«Hace mucho tiempo dos hombres viajaban juntos y de pronto se encontraron ante un río. Ninguno de los dos sabía nadar, pero como el río no llevaba mucha agua decidieron cruzarlo caminando. Cuando apenas iban por la mitad, se les vino encima una andanada de agua prove­niente de las montañas y de un momento a otro se estaban ahogando. Al ver que no tenían salvación optaron por llamar a Dios. Uno de ellos era Hindú y empezó a implorar así: “Oh, Nārāyaṇa, por favor ven a salvarme”. El Señor Nārāyaṇa escuchó su plegaria y empezó a descender del cielo para rescatarlo, pero antes de que llegara muy lejos, aquel hombre empezó a implorar de nuevo, “Oh, Sadaśiva, por favor ven, sálvame”. Al oír esto, el Señor Nārāyaṇa consideró que tal vez ya no lo necesitaba a Él sino al Señor Sadaśiva y se regresó al cielo. Esta vez fué el Señor Sadaśiva quien escuchó las plegarias y empezó a bajar hacia el hombre que se ahogaba, pero antes de que pudiera llegar a donde estaba, el hombre cambió otra vez su invocación y esta vez empezó a pedirle auxilio al Señor Gaṇeśa. Al oír esto el Señor Sadaśiva también dió media vuelta y se regresó; cabe decir que el hombre se ahogó antes de que el Señor Gaṇeśa hubiera podido llegar a rescatarlo.Pero resulta que el otro hombre era Cristiano y él imploró, “Oh Señor Jesús, por favor sálvame”, “Sálvame por favor Jesús mío”. ¿Y sabe lo que pasó? Le llegó flotando hasta él un tronco de árbol, se agarró de él y cruzó el río poniéndose a salvo. ¿Ya ve lo que pasa por tener tantos dioses?», concluyó diciendo quien narraba la historia.

 

  El hombre, habiendo probado su punto, triunfalmente me miró a mí. Me puse a pensar un momento y luego le pregunté:

―¿Cuándo pasó esto?

No me pudo responder, y entonces le dije:

―Digamos que este incidente tomó lugar un viernes como a las 4 de la tarde, ¿Le parece bien?

―Está bien,  dijo el hombre.

 

Y yo agregué:
―Bueno, en el mismo momento que esta persona se estaba ahogando en India, una mujer en Londres tuvo un accidente automovi­lístico y empezó a implorar, “Oh, Jesús, por favor sálva­me”. En ese mismo momento en Johanesburg un hombre estaba siendo atacado con una daga e imploraba, “Oh, Jesús, por favor sálvame”. Simultáneamente en Nueva York una mujer que sufría los dolores de parto estaba pidiendo, “Oh, Jesús, por favor ayúdame”. Dígame usted por favor, ¿si todas estas personas son cristianas fieles, y si Jesús va a ayudar a cualquiera de ellas, ¿quién se va a encargar de atender a las otras? ¿Ya lo ve?, los Hindúes no tienen ese problema. Nuestros Dioses se reparten el trabajo: "Nārāyaṇa, tú te vas para allá, y tú Gaṇeśa vente para acá".

 

Debo admitir que mi lógica no fue mejor que la del otro, pero fue suficiente para silenciarlo. Tuvo la suerte de que en ese momento el tren se detuviera en una estación, y levantándose rápidamente de su asiento, se fue.

 

Todas estas son tonterías. Los Hindúes no adoramos a muchos dioses. Ni siquiera veneramos a un Dios; adoramos al Dios único. Sin embargo lo invocamos a través de varias formas y con distintos nombres. Cada aspecto de Dios se vuelve una devata (deidad). Esta es la comprensión que la persona madura tiene de Iśvara.

 

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