El loro que quería ser libre

El loro que quería ser libre

Muchas veces manifestamos a viva voz que queremos madurar, que queremos modificar algunas conductas que no nos gustan ni nos hacen bien. Pero muchas veces, también, seguimos aferrados a comportamientos que no nos benefician, nos causan dolor, pero que forman parte de la "zona de confort", ese lugar que, aunque internamente sabemos que no nos hace bien, nos permite seguir autojustificándonos para no hacer el esfuerzo de madurar.

Ponerse en situación de "víctima" es parte de esa zona de confort pues las excusas que ponemos para no cambiar, hacen que miremos para otro lado y no tomemos la verdadera responsabilidad que significa madurar y encontrar la libertad interior.  

En el siguiente cuento podemos ver todo esto reflejado:

 

El loro que quería ser libre

Un anciano tenía como animal de compañía  un loro enjaulado desde hacía muchos años. Un día, el anciano invitó a un amigo a su casa a compartir un té y conversar.

Los dos hombres pasaron al salón donde, cerca de la ventana y en su jaula, estaba el loro. Se encontraban los dos hombres tomando el té, cuando el loro comenzó a gritar insistente y vehementemente:

-       ¡Libertad, libertad, libertad!

No cesaba de pedir libertad. Durante todo el tiempo en que estuvo el invitado en la casa, el animal reclamaba su libertad. Era tan desgarrador su grito que el invitado se sintió muy triste al punto tal que decidió terminar antes la visita. Mientras iba hacia la puerta seguía escuchando al loro clamando: “¡ Libertad, libertad!”.

Pasaron un par de días. El invitado no podía dejar de pensar con compasión en el loro. Tanto le apenaba el estado del ave que decidió que era necesario ponerlo en libertad. Entonces ideó un plan. Sabía en qué momento el anciano solía salir de su casa para hacer las compras. Iba a aprovechar esa ausencia y a liberar al pobre loro. Entonces, un día el invitado se apostó cerca de la casa del anciano y, en cuanto lo vio salir, corrió hacia su casa, abrió la puerta con una ganzúa y entró en el salón, donde el loro continuaba gritando: “¡Libertad, libertad!” Al invitado se le partía el corazón.

¿Quién no hubiera sentido piedad? Inmediatamente, se acercó a la jaula y abrió la puerta de la misma. Entonces el loro, aterrado, se lanzó al lado opuesto de la jaula y se aferró con su pico y uñas a los barrotes de la jaula, negándose a abandonarla. El loro seguía gritando: “¡Libertad, libertad!”

Enseñanza: Como este loro, son muchos los seres humanos que dicen querer madurar y hallar la libertad interior, pero que se han acostumbrado a su jaula interna y no quieren abandonarla.

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